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Friday, June 25, 2010

America, The Teenage Pop Star

Uno de los cuentos más populares de Gabriel García Márquez se llama "Los funerales de la Mamá Grande." Además de tratar, obviamente, los funerales, también incluye una gran crónica del reinado de la Mamá Grande, una figura matriarcal que maneja todo el poder del pueblo. Ella pasa los días en su mecedor de bujico, mientras que su sobrino Nicanor se ocupa con la resonpsabilidad que inevitablemente viene con tanto poder.

Una interpretación de la Mamá Grande es que en ella encontramos una imagen de Colombia: su reinado es una dictadura, su poder viene de herencia, su único trabajo es coleccionar arrendamientos, y, sobre todo, se está muriendo. Es el resumen del sistema de poder agobiante y opresivo de Colombia.

Una línea de pensamiento para entretenerte: Si bien Colombbia se puede caracterizar como una vieja Mamá Grande, cuál imágen escogerías para tu propio país (en mi caso, los EE.UU.)?

Es bastante divertido—y difícil—pretender clavar la esencia de la vida política y social de tu patria con un solo personaje. Pero creo que mi respuesta será: los EE.UU. son como un Teenage Pop Star.

Por un lado, los pop stars, como los EE.UU., tienen mucho glamour, mucha buena fama, mucha popularidad, muchos afanes. Siempre se habla de ellos, siempre llevan las modas más nuevas, tienen los cuerpos más codiciados, las vidas más interesantes. Se piensa que tienen lo mejor de todo (una vez un muchacho argentino me contó que le sorprendió la pobreza que vio en Denver, Colorado, como no esperaba que la encontrara en el "Primer Mundo"); son admirados por muchos (los commentarios que he oído de los argentinos incluyen, por ejemplo, ¡qué estable! ¡qué creativo! ¡qué disciplinado!); y tienen una presencia cultural omnipresente (todo el mundo conoce tanto a los pop stars norteamericanos como la cultura general norteamericana, desde los Simpsons y películas hasta el football y música).

Fíjate que este es el discurso del exterior. Adentro, nosotros ciudadanos no solemos ver el país como un gran milagro sino una larga serie de problemas para enfrentar: una economía temblante, gran recortes en los presupuestos estatales, el terrorismo, la inmigración, la jubilicación de los baby boomers, un sistema de salud terrorífico, y un racismo intransigente, entre otros. Esta "realidad interior" se parece al hecho de que la vida privada de los Teenage Pop Stars es bastante cotidiana. Tendemos a olvidarlo, pero los pop stars son personas también, con las mismas frustraciones, las mismas ambiciones, los mismos deseos, y las mismas preocupaciones que tenemos todos. Igualmente, los EE.UU., por más poderoso que sea, es a la vez sólo un país más.

¡Ya te toca a tí! ¿Cómo describirías a tu país? Deja un commentario con tus ideas.

Monday, May 17, 2010

Cuando cerraban la puerta

Este es un cuento corto que escribí para mi clase de literatura. Sugerencias o cualquier feedback de forma constructiva son muy bienvenidos.

Es frustrante cuanto los padres desconocen del mundo. Les tienes que explicar todo, y aún entonces no te creen. Cada noche, cuando me apagaban las luces, les explicaba, más racionalmente como podía, la situación:

—Cuando me cierres la puerta van a salir monstruos, y me van a querer comer.

—No seas ridículo.

—Mamá

—Tu madre tiene razón. Eres perfectamente seguro.

—Papá

—Se acabó el asunto. Duerme bien, mañana tienes escuela.

Así, con un suspiro, mientras cerraban la puerta, yo ponía mente de guerrero. Mi cama quedaba justo en el centro del cuarto, como una fortaleza en una península rodeada en tres lados por la oscuridad. Normalmente les tomaba un minuto o dos para darse cuenta de que me tenían a solas; y cuando se dieran cuenta, salían. Del armario, del estante, de la alfombra, se veían dientes brillantes y ojos rojos y amarillos saliendo de las sombras—las únicas cosas, además de un frío visceral, que delataban una presencia ajena.

Debajo de mi almohada siempre tenía guardada una espada de plástico. Era justo lo que necesitaba porque el plástico mata a los monstruos. Al verla, reflejando la luz de la luna y de sus ojos, se quedaban en sus rincones. Porque los monstruos, aun por ser monstruos, no son brutos.

Este era el tema cuando tenía ocho años, pero no siempre era tan fácil. La primera vez que vi los dientes y los ojos era también la primera vez que pasé la noche en mi propio cuarto, y lloré y grité de tanto miedo que tuvieron que volver mis padres. Cuando abrieron la puerta, por supuesto desaparecieron los monstruos, porque son monstruos y no ladrones, y así se estableció mi locura.1

Justo cuando cerraron la puerta otra vez, los monstruos volvieron a salir. Salían y empezaban a cercarme, con tanta hambre, dejando una senda de baba. En vano me hundí en las sábanas y me hubieran comido, porque estaban casi encima, si no fuera que por mis gritos mis padres volvieron y abrieron la puerta y permitieron que pasara la noche con ellos.2

Se les había recomendado a mis padres que instalaran un night light en mi cuarto, pero como con todo el tema de los monstruos, éste tampoco pude explicar. Les dije que por ser la luz del enchufe y no la de la llave de luz, los monstruos saldrían igual. Mi padre me respondió diciendo que no iba a volver, no importa cuánto gritara, y yo sabía que seguramente cumpliría.3 Ignorando mis protestas, mis padres se fueron.

Algunos son valientes naturalmente, pero para la mayoría, como yo, son valientes porque las circunstancias nos obligan. Yo no estaba dispuesto a morir: todavía tenía mucho para lograr. Por ejemplo, estaba justo en el medio de construir la torre de Lego más alta y más impresionante del mundo, y me gustaba mucho jugar con mis amigos o leer libros. Por todo esto tomé coraje:

— ¡Yo sé que están y yo no les tengo miedo!

Mi ropa estaba empapada de sudor y mi corazón me ahogaba en la garganta.

— ¡Vengan, yo no les tengo miedo!

Me puse de pie en mi cama, pensando frenéticamente. Mis ojos recorrieron el cuarto. Empezaron a cercarme.

— ¡Mamá! ¡Papá!

De lejos: “¡Cállate!”

Corrí para la puerta pero una mano me agarró la pierna y me caí. Luchando con la mano, giré para liberarme, pero en la oscuridad sólo vi los dientes y los ojos, redondos como los de una araña, clavándome con su mirada penetrante. Intenté pegarle a la mano que me agarraba pero no la podía encontrar. Parecía de sombra, de la misma noche, una parte de la densidad opresiva de la oscuridad. Yo golpeaba, daba patadas en todas direcciones, pero no daba con nada—y de repente un dolor tremendo en el costado, ya sólo vi la mitad de los dientes, y en la luz de la luna se veía que a la plata tradicional se sumaba un brochazo de rojo vivo, y los ojos rojos y amarillos corriendo, corriendo por mi cuerpo, y yo golpeando y sollozando.

Me desperté en el suelo, a metros de la puerta, con un dolor atroz en el costado y la fuerza chupada de todos mis músculos. Todo el resto del día quedé como un somnámbulo. En la escuela sólo oía el ruido de los dientes rechinando y entre mis Legos sólo veía los ojos, mirándome. Intenté salir de allí, pero mis padres no me hicieron caso. Era mi suerte que ellos creyeran en el amor duro.

Pasé la noche siguiente como un cordero sacrificial.4 Y la noche siguiente y la noche siguiente. Cada vez que me despertaba a la mañana me sentía más y más débil. Creo que me hubiera muerto si no hubiera descubierto la espada. Fue por pura casualidad. Estaba luchando, como siempre, porque aunque ya sabía qué era mi destino, como el fin de una obra teatral que un actor vuelve a repetir todas las noches, mi fuerza vital no me permitía que me vencieran sin una lucha. Así, una noche mi mano se encontró con la espada de plástico, que me había regalado mi abuelo de la feria, y tan pronto como di mi primera cuchillada sentí que me soltaban y oí un viento mientras todos los dientes y ojos se huían para los rincones. Allí quedaron, aún con hambre, pero ya con miedo también.

Nunca me había sentido mejor.

Ya tengo mi rutina y los monstruos la suya. Me imagino que esto va a continuar hasta que yo me pudra también, y me olvide de todo, y me haga un adulto como mi padre, 5 quien estará preguntándose como es que su hijo resultó ser uno de los más cobardes que ha visto en toda la vida.



1 No me gustan los psicólogos.

2 Una de las grandes injusticias del mundo es que los monstruos tienen una predilección para el sabor de niños y no de adultos. Supuestamente, los adultos saben a podrido.

3 Mi padre siempre cumplía, aun si le llevara a la muerte. Era una locura que heredó de su propio padre. Siempre me decía: “No cumplir es peor que morir.”

4 Por supuesto, los monstruos, como los humanos, tienen hambre todas las noches.

5 El destino fatal, se dice.

Sunday, March 28, 2010

Hare Krishna!...en Argentina?

Si no supieras la dirección de antemano, creo que pasarías por el templo de ISKCON en la calle Ciudad de la Paz sin darte cuenta alguna. La entrada es sólo una puertita dentro la pared blanca, fácil de no ver, que no delata nada del mundo que esconde detrás. Pero, por curiosidad o por coincidencia, si acabas pasando por la puerta, ten en cuenta que ya te has transportado al otro lado del mundo.

Yo fui por pura curiosidad, y por una curiosidad específica. En Arizona tenemos también un templo de ISKCON (International Society for Krishna Consciousness, popularmente conocidos como los "Hare Krishna"), pero su base consiste en inmigrantes de la India, es decir hindues de nacimiento, y la pequeña población de convertidos que tenemos es muy marginal. Pero acá, gente de la India no hay para nada (en un mes recorriendo todo Buenos Aires, una capital supuestamente cosmopólita, ni siquiera me he chocado con uno), lo cual significa que son todos convertidos y lo cual me hizo preguntar: ¿por qué estos argentinos quieren hacerse hindues, rechazar su propia cultura para adoptar la nuestra? Y además: si son todos convertidos, ¿cómo sabemos que no lo hacen todo mal y equivocado, que no distorsionan el hinduismo?

Así, sospechoso y curioso, pasé por la pared del templo. Primero, me encontré en una plaza. En frente había un edificio bastante alto, de alrededor de tres pisos, y a la izquierda había otro de un piso, con un subsuelo también.


De las escaleras del subsuelo estaba saliendo un monje, llevando un dhoti y con la cabeza calva salvo un mechón al fondo. Me saludó con "Hare Krishna!" y me llamó "Prabhu," y después de darle el recíproco saludo, le pedí que me mostrara el templo.

Resulta que no había mucho para ver, pero en lo que había me fijé intensamente, siempre juzgando en el fondo de mi mente. La primera sorpresa fue ver saliendo del alto edificio a tres o cuatro mujeres y a algunas jóvenes, todas llevando salvar-kamiz. Adentro había un tipo de guardería, con unos cinco chicos y algunas jóvenes y mujeres cuidándolos. En la televisión se había puesto una película ilustrada de la Ramáyana (acá se prenuncia como Ramayana) y en frente de estantes llenos de muñecas hindues decorativas los chicos y las cuidadores se entretenían con juguetes.

A lo largo de la gira, mientras el monje me iba mostrando lo demás del tempo, todo se volvía en un torbellino de "rica comida vegetariana," cuadros de Radha-Krishna, harmonium al lado del altar, y más y más gente en ropa hindú, todos llamándome "Prabhu" y platicando en español (una lengua que ni siquiera se conoce en la India)—y mientras yo estaba mudo, pretendiendo comprender porque es posible encontrar este simulacro de la India acá en la Argentina.

"Mirá, mirá," dijo una de las jóvenes de la guardaría, sonriendo, vestida de una salvar-kamiz rosada, con un niño con ojos rojos en sus brazos. "Él se puso a llorar por la Ramayana, se asustó de Rama. Ja ja ja ja..."

Una de mis grandes interrogantes fue como mi guía, argentino de sangre criollo y católico, llegó a dedicarse a esta vida totalmente ajena. Verle en el lugar donde estaba significa que no sólo rechazó el mundo católico que lo habría rodeado, sino también que había desarrollado fé y convicción en una religión acá totalmente desconocida, pagána, de miles de dioses de miles de manos, con rituales extraños y costumbres absurdas—sin mencionar el tener que dejar de comer todo tipo de carne! No lo podía creer.

Así, como una especie de antropólogo mezclado con psicólogo, me empeñé en entender a este monje a lo largo de la gira, como si estuviera estudiando la biología de un insecto. Instictívamente, me daba vergüenza esta actitúd, pero no al punto de que me parara en insinuarle preguntas que le hicieran confesar su historia. Pretendiendo disimular mis intenciones, le preguntaba, balbuciendo e incómodo, cómo es que llegó a ser monje, por qué dejó el mundo argentino atrás, pero nunca logré una respuesta satisfactoria. Contestaba en oraciones directas y breves y sobre temas que son típicos de convertidos (por ejemplo, algo como "Acá encontré las respuestas que quería") pero sus respuestas no me satisfacieron.

De hecho, al contrario de lo que esperaba, la conversación volvió a enfocarse en mí. Él me preguntó si yo tenía un guru, si leí la Bhagavad Gita, si yo practicaba sinceramente mi religión. Él se hizo el investigador y yo el sujeto, y yo acabé defendiéndome mientras le tocó a él explorar mi identidad. Me recitó frases de la Bhagavad Gita (a lo cual respondía cansadamente que sí conocía, y sabía lo que querían decir) y me regañó por no ser constante en mi práctica.

Esta inversión de papeles me reveló la arrogancia que tenía en creerme juez de los hindues del mundo. En primer lugar, si yo creyera (como pensé que creía) que la filosofía del hinduismo habla de la Verdad, y que trasciende la nacionalidad y la raza y el tiempo, no me debería sorprender que les atraiga a algunos argentinos, tal como me atrajo a mí. Asimismo, si entendiera la Bhagavad Gita (como pensé que entendía), recordaría que dice que no importa la manera en que rezas sino la devoción y la pureza que uno tiene.

No es nuestra prerrogativa elegir donde nacemos, pero sí tenemos el derecho de dirigir nuestra vida. Aunque todavía no me caen bien todas las prácticas de los Hare Krishna, no me debe importar si nacieron hindues o no. Nosotros todos buscamos respuestas, de una manera u otra.